
Me gusta seguir gente en Liberty City. Seguirlas a donde vayan. Se suben a un taxi, yo los sigo de cerca, a un paso igual al de ellos, siempre a dos coches de distancia. Si ellos se bajan en Algonquin Square, yo también lo hago, si ellos comen un hot dog, yo me pido uno también.
Un día, me encontré a una pareja, un hombre de cabello corto y oscuro, una hermosa mujer rubia y delgada, muy sexy. Me dispuse toda una tarde a seguirlos. Muy románticos los dos, caminaron agarrados de la mano por el entablado de Firefly Island. Ella le pidió un refresco y el muy caballeroso, se lo compró. Se sentaron en la arena a observar el atardecer sobre el imponente horizonte de Liberty City, y justo cuando el último rayo del sol tocó la playa, se besaron. Se miraban a los ojos con felicidad y satisfacción, completamente enamorados el uno del otro, te podías dar cuenta que ellos existían en una realidad alternativa. Muy diferente a la mía.
Comencé a encariñarme con ellos, de alguna extraña manera, me sentí un poco como el guarura, atento a cualquier caricia, beso o comentario, pero siempre a una distancia adecuada, siempre justo fuera de su “circulo” de cariño, justo fuera de su linda burbuja. Comencé a tomarme mi papel muy en serio. Era mi responsabilidad cuidarlos. Si ellos conocieran Liberty City como yo la conozco, no andarían tan tranquilos. Caminan por Cerveza Heights y yo me adelanto una cuadra, golpeando salvajemente a cualquiera que pudiera ser una amenaza para ellos. Suben a su coche y yo me adelanto, tratando de adivinar hacia donde irán, y así poder ir despejando la calle. En ese momento algo diferente sucedió. Se estacionaron en Star Junction y se pusieron a tomar fotos frente a todos los anuncios luminosos, en ese preciso momento me di cuenta de algo muy importante. Por un segundo estuve consciente de que estoy solo.
No tengo a nadie en esta ciudad. Michelle es un tema delicado del cual prefiero no hablar. Kiki ya no me habla después de que se enteró que uno de mis pasatiempos favoritos es levantar prostitutas, llevarlas a mi coche y cojérmelas para luego abrirles la cabeza con un bat hasta que me regresan mi dinero. Carmen nunca me volvió a hablar después de nuestra primera cita, básicamente porque no le gustó como me agarre a putazos con un Hot-Doggero. A estas alturas dejé de citarme con mujeres, pensando básicamente que no tenia caso. Me comenzó a deprimir el prospecto de que para un hombre como yo, la única cercanía con el sexo opuesto siempre estará rodeada de salones oscuros, luces de neón, olores a vainilla y una cantidad en dolares dependiendo de la hora y el servicio deseado.
Cuando la pareja tomó la ultima foto y se dirigieron a su coche, comencé a pensar ¿Porque ese hombre no soy yo? ¿Es acaso ese pendejo mejor? ¿Más guapo, más culto? Porqué no se le ha ocurrido a ella salir conmigo en vez de con este pendejo, qué no sabe que de toda la bola de zánganos en esta gigantesca cuidad, yo soy el único con verdadera voluntad propia. Yo soy el único que tiene experiencia fuera de esta gigantesca jaula. Soy el único que puede pensar diferente a los demás. Soy el único que puede pensar.
Me descubrí teniendo unos celos indescriptibles. Vi la dulce sonrisa de ella mientras ese idiota le ponía una palomita sobre la lengua y me dieron ganas de ahorcarlos. Yo quería ser ese hombre. Yo quiero ser ese hombre, tener lo que el tiene. Quiero sentir el placer de tener a alguien a quien le importa mi bienestar. Entre más tiempo los veo juntos, más quiero ser como ese imbécil, y eso me encabrona. Me entristeció darme cuenta que me había convertido en un hombre solitario que seguia a peatones al azar.
Cuando vi que ella cerraba sus ojos dulcemente para entregarse a sus labios, el plan era claro en mi cabeza. Lo voy a matar. Voy a tomar su identidad. Su cadáver frío quedará tirado sobre el pavimento, la rubia y yo viviremos felices para siempre.
Espere a que ella subiera al coche mientras él, caballerosamente, cerraba la puerta. Me acerqué por detrás con el bat en mi mano y de un golpe en seco su cabeza estalló como una sandía estrellándose con el piso, el imbécil quedó tirado en el concreto y aun costado su camarita hecha añicos. Unos sus ojos azules abiertos como platos me miraban fijamente, quedó congelada por un par de segundos para pasar a un grito de horror al verme subir al coche y arrancar a toda velocidad antes de que ella pudiera salir o hacer algo siquiera. Nunca había escuchado a una mujer gritar tan fuerte. Yo trataba de explicarle cual era el plan, pero sus gritos no la dejaban escuchar. Un par de patrullas la vieron dándome de manotazos y gritando, rápidamente me marcaron la sirena para que me detuviera. Por supuesto, no lo hice.
Ella seguía presa del pánico gritando. El auto iba más y más rápido, la ciudad se convertía en una pintura borrosa a nuestro alrededor, ella abrió su ventana gritando por ayuda a cualquier persona que pasara, hasta que me harte y le di un golpe leve en la quijada. No se desmayó, lo último que deseo es hacerle daño, pero funcionó, durante unos momentos no hubo gritos. Sólo sirenas, patrullas y el motor del coche revolucionándose.
Quizás fue porque me estaban persiguiendo, pero sentí que llegué a nuestro destino muy rápido. Las patrullas que nos seguían se multiplicaban y ahora veía que hasta un helicóptero se había unido a nuestra injusta persecución. Siendo realista, ya no veía forma alguna de seguir mi plan original y tuve que tomar otra opción, la fácil.
Hay una cañada cerca de la casa de Mikahil Faustin. Si alguna vez haz visitado esta parte de la ciudad, al final de la calle puedes ver muchas rocas y restos de coches quemados, como de los 50’s y los 60’s. Aceleré y me enfilé hacia la cañada. La rubia volteó a verme con sus labios ensangrentados y una mirada de horror que creo no olvidaré nunca y me dice con una calma que hasta entonces no parecía haber tenido ¿Qué vas a hacer?
La policía intenta detenerme sin éxito. Atropello a un oficial que se cruza en nuestro camino y su rostro se impacta con el cristal del coche dejando una estela roja en el parabrisas. La rubia vuelve a gritar horrorizada justo cuando las llantas abandonan el pavimento me voltea a ver con sus ojos llenos de lagrimas. Aunque me odia, lo puedo ver en su mirada, y me teme, en ese último instante, cayendo hacia el vacío, toma mi mano y la aprieta con toda su fuerza. Volamos juntos por el vacío. Juntos.
Todo se volvió silencio durante unos instantes, instantes, segundos que se sienten como una eternidad. Siento los delicados dedos de la rubia apretando mi mano, sus rizos volando, como si de eso dependiera su vida, y yo, durante un breve instante, soy feliz.
Nos desplomamos al fondo de la cañada y todo se apaga instantáneamente, el coche da vueltas en una bola de fuego y cae finalmente en el mar. Nunca se sabrá quien mató a Juan de un batazo en la cabeza. Nunca encontrarán el cuerpo de Sarah, nadie sabrá que Niko Bellic hizo todo esto. El océano, mezclado con la gasolina, se encargara de eliminar cualquier rastro.
Abro los ojos lentamente y Liberty city sigue aquí, el hospital a mis espaldas, el sonido de las sirenas inunda las calles. La verdad estoy un poco aburrido. Creo que le hablaré a mi primo Roman, tal vez quiera ir a jugar boliche conmigo.
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